Doy las gracias de nuevo a mi hermano, que me cede, para que lo publique aquí, otro de sus artículos sobre los Cementerios de la Ribagorza. Así que vamos a visitar la tumbas antropomorfas de Arén y al cementerio de Roda de Isábena:

 

Un par de cementerios en Ribagorza.

Angel Gayúbar. Graus.

La necrópolis alto medieval, anterior al siglo XI, aparecida bajo el suelo de los restos de la fortaleza de Arén es, sin duda, uno de los cementerios más singulares de Ribagorza. En un pequeño altozano que domina el curso medio del río Noguera Ribagorzana, unos recientes trabajos arqueológicos dejaron al descubierto decenas de tumbas antropomorfas anteriores a las construcciones civiles y militares que conformaron posteriormente la estructura de la antigua fortaleza arenense.

Unas obras de consolidación de los muros perimetrales y del arco de entrada de la portada de la iglesia románica que dominaba el conjunto fortificado de Arén permitieron descubrir estas tumbas excavadas en la roca que se construyeron en un momento todavía indeterminado, pero que ya estaban allí cuando se levantó la primitiva iglesia románica del recinto fortificado, allá por el año 1000 y poco de nuestra era.

Un corto y agradable paseo separa Arén de esta necrópolis; merece la pena realizarlo y acercarse hasta las ruinas del castillo tanto por el insólito espectáculo de las tumbas roqueñas como por las fabulosas vistas que se divisan desde este antiguo cementerio.

 

 

Espectaculares vistas tiene también –en este caso del valle del Isábena- el cementerio de la antigua sede episcopal de Ribagorza. En Roda, el camposanto se encuentra casi pegado a los muros del claustro catedralicio y a los restos de la torre gorda, la otrora altiva fortaleza que se alzó en la cima de la colina sobre la que se edificó la civitas rotense.

Es un recoleto cementerio refugiado tras altos muros al que se accede desde una monumental portada enrejada. Un camposanto tranquilo como pocos y más en estos meses de otoño en que en Roda permanecen escasos vecinos que no perturban el descanso de sus mayores. Hay un aparente panteón con una curiosa historia que ha pasado de padres a hijos, un centenar de nichos arrimados a las paredes y otras tantas tumbas excavadas en el suelo, muchas de ellas adornadas con unas historiadas cruces de forja. Y disfruta de un permanente coro de trinos de numerosos pájaros y de la sombra de unos olmos que asoman tras los muros y, en estos días otoñales, alfombran sus calles de melancolía.