Aunque numerosos contemporáneos se divirtieran con sus obras, entre ellos el rey Luis XIV; aunque algunos vieran en él un escritor genial, Molière por el hecho de ser autor y actor de comedias era para la sociedad de la época un hombre manchado por su profesión, un ser despreciable. Tal valoración adquiere tonos dramáticos en la hora de la muerte, cuando tan sólo por intercesión del monarca, los restos de este autor incomparable fueron acogidos en tierra sagrada.

Molière murió en París un 17 de febrero de 1673. Cuando agonizaba, el dramaturgo pidió con insistencia un sacerdote para que se le administrase los últimos sacramentos, enviando varias veces a su ayuda de cámara y a su sirviente a Saint-Eustache (su parroquia) para instar la presencia de un clérigo en el lecho de muerte de Molière. Sin embargo, los sacerdotes de Saint-Eustache, se negaron a ir, lo que obligó a Jean Aubry (cuñado de Molière) a dirigirse allí personalmente para instarles y, finalmente consiguió que le acompañara uno, pero durante este tiempo Molière falleció y cuando llegó el clérigo, el dramaturgo acababa de expirar.

Conviene saber, antes de continuar, la actitud del clero con respecto a los comediantes. Desde el punto de vista de la doctrina de la Iglesia, la situación era sencilla: los comediantes, considerados como personas que ejercían una profesión infame, estaba excomulgados, conforme a las decisiones eclesiásticas, el ritual de París prohibía dar la comunión a las “personas públicamente indignas, tales como son los excomulgados, proscritos y manifiestamente infames, tales como prostitutas, concubinarios, comediantes, usureros y hechiceros.

Los actores de teatro sólo podían recibir la extremaución después de haberse retractado de sus errores y prometido solemne y sinceramente renunciar a su profesión.

 

A pesar de la posición doctrinal inmutable de la Iglesia y de la acción enérgica de los rigoristas, en la prácticas estas cosas tenían arreglo, puesto que se había establecido un modus vivendi tácito entre el clero y los comediantes, debido a un hecho esencial que la Iglesia no podía ignorar: la afición, la pasión incluso que el rey sentía por la comedia y la ópera.

Sea como fuere, el párroco de Saint-Eustache creyóse obligado, en conciencia, a negar la inhumación religiosa en tierra sagrada a los restos del comediante excomulgado y muerto sin confesión ni retractación.

Ante el escándalo que amenazaba con execrar la memoria de Molière, su esposa, Armande Béjart, dirigió una instancia al arzobispo de París en la que arguyó que si su marido había muerto sin confesión no fue por haber dejado de reclamar la presencia de un sacerdote. Armande pedía en esta solicitud que el arzobispo revocase la decisión del párroco de Saing-Eustache. Por otra parte, encomendó este asunto al propio rey, que tantas veces había dado a Molière pruebas de su afecto. Acompañada del párroco de Auteuil, Armande pidió audiencia al rey para que apoyase su gestión ante el arzobispo. La gestión fue atendida, y Luis XIV comunicó al arzobispo de París que procurase evitar los comentarios y el escándalo.

Para complacer al rey, el arzobispo revocó la prohibición del párroco de Saint-Eustache, pero impuso unas condiciones restrictivas que destacan la desgana con que obraba. La sepultura en tierra sagrada fue concedida “con la condición de que se efectúe sin pompa alguna y sólo con dos sacerdotes, y fuera de las horas diurnas, y de que no se celebre ningún servicio solemne” por el difunto ni en la citada parroquia de Saint-Eustache ni en ningún otro lugar.

Por lo tanto, el cadáver de Molière no pasó por la iglesia, lo que explica que en el acta de defunción no aparezcan las firmas de los testigos, estampadas ordinariamente después de la ceremonia religiosa. Por otra parte, el acta calificaba a Molière “tapicero ayudante de cámara del rey”, ignorando deliberadamente su condición de actor de la Real Compañía de Teatro.

Tal como había ordenado el arzobispo, el entierro tuvo lugar por la noche, pero a pesar de ello, a la luz de un centenar de antorchas, el sepelio de Molière no dejó de atraer a gran número de personas; sus compañeros de trabajo en primer lugar, sus amigos, sin duda muchos curiosos y, acaso, también enemigos cuyo odio no disminuyó ni siquiera ante la tumba. Dice Grimarest, primer biógrafo del dramaturgo:

El día en que le dio sepultura, se reunió una muchedumbre increíble ante su puerta. La Molière se asustó, pues no podía adivinar la intención de aquel gentío. Se le aconsejó que lanzara un centenar de monedas de oro desde las ventanas. Ella no titubeó ni un instante; las echó a aquella multitud rogando, con unas palabras tan emotivas que elevasen plegarias por su marido, que no hubo nadie entre aquella gente que no rezase a Dios de todo corazón.