El Antropólogo inocente Nigel Barley

 

Nigel Barley es un antropólogo británico que se dedicó durante un par de años al estudio de una tribu poco conocida del Camerún: los dowayos.

Fruto de su investigación es el divertidísimo libro “El antropólogo incocente”, donde narra lo que averiguó y el cómo de las costumbres y forma de vida de los dowayos, un pueblo con costumbres primitivas y un vivaz y en ocasiones escatológico sentido del humor.

Entre esas costumbres, como en todos los pueblos, una parte muy importante son las que tienen que ver con la muerte, los ritos funerarios y los de recuerdo de los muertos, como “El festival de las calaveras” de esta tribu de los dowayos.

Pero antes abordar el tema de la muerte en el mundo de los dowayos,  debemos comprender lo que es para ellos el rito de la circuncisión de los hombres, pues parece ser un acto condicionante en todas las áreas de vida (y muerte) de este pueblo.

Para ellos es muy importante que un hombre sea circuncidado, la circuncisión se realiza entre los diez y los veinte años y se le practica a todos los jóvenes de la aldea en grupo; consiste en arrancar la piel del pene en toda su longitud. Después pasan nueve meses aislados de las mujeres a las que se les oculta todo lo relacionado con la circuncisión y nunca pueden ver un pene que no esté circuncidado. Según Nigel Barley “los hombres no circuncidados tienen un aura de feminidad Se les acusa de emitir el hedor de las mujeres como consecuencia de la suciedad de sus prepucios, no se les permite participar en los actos sólo para hombres y son enterrados con las mujeres.” Prosigue describiendo que “Los dowayos practican una circuncisión muy severa, pues arrancan la piel del pene en toda su longitud. Hoy en día, algunos chicos son operados en el hospital, pero los conservadores lo consideran un escándalo porque piensan que no les quitan lo suficiente, además de que el chico no permanece completamente aislado de las mujeres durante los nueve meses preceptivos. A través de un proceso de muerte y resurrección, el ser imperfecto que aparece en el nacimiento natural se convierte en una persona completamente masculina.

Los cadáveres de los muertos reciben también distinto tratamiento según el sujeto esté circuncidado (un hombre) o no (mujeres y hombres no circuncidados: “Al morir, los cadáveres de los dowayos son envueltos en una mortaja de algodón autóctono y en los pellejos de las reses sacrificadas para la ocasión. Se los entierra agazapados. Unas dos semanas más tarde se retira la cabeza a través de una abertura dejada en el envoltorio para tal propósito, se la examina en busca de señales de brujería y se la mete en una olla que se coloca en un árbol. A partir de ahí los cráneos de hombres y mujeres (u hombres no circuncidados) reciben distinto tratamiento. Los de hombre son situados en el descampado de detrás de la choza donde las calaveras encuentran el descanso final. Los de mujer son colocados detrás de la choza de la aldea donde nació la mujer. Al casarse, la esposa se traslada a la aldea de su marido; al morir retorna a la suya.”

¿Y qué pasa después?: “Los dowayos dividen las enfermedades en varias clases. Están las «epidemias», enfermedades infecciosas para las cuales los blancos tienen remedios como la malaria, o la lepra. Está la brujería de la cabeza o de las plantas, y los síntomas causados por los espíritus de los muertos. Y, por último, las enfermedades por contaminación, contraídas tras el contacto con personas o cosas prohibidas.” Para paliar las “enfermedades causadas por los muertos” se organiza El festival de las calaveras: “Al cabo de varios años, los espíritus de los muertos pueden empezar a importunar a sus parientes vivos apareciéndoseles en sueños, causándoles enfermedades o no dignándose penetrar en las entrañas de las mujeres para que nazcan niños y se reencarnen los espíritus. Esto quiere decir que es buen momento para organizar un festival de las calaveras. Normalmente, lo pone en marcha un hombre rico solicitando el apoyo de sus parientes y ofreciéndoles cerveza. Si se celebran dos fiestas sin desavenencias, se dispone la organización. Los dowayos se vuelven muy quisquillosos cuando están bebidos y es raro que no se produzcan disputas; para lograrlo se requiere el esfuerzo de todos los presentes.

Hay “otras explicaciones” de porqué se celebra este Festival, que vienen a ser la de la pescadilla que se muerde la cola o la argumentación en círculos, lo que se demuestra en este diálogo que nos reproduce Nigel Barley con un representativo miembro de uno de los poblados:

—¿Por qué hacéis esto? —preguntaba yo.

—Porque es bueno.

—¿Por qué es bueno?

—Porque nuestros antepasados nos lo dijeron.

Entonces insistía astutamente:

—¿Por qué os lo dijeron vuestros antepasados?

—Porque es bueno.

No pude jamás sacarlos de los «antepasados», con los cuales empezaban y terminaban todas las explicaciones.

(…)

—¿Quién ha organizado este festival?

—El hombre de las púas de puercoespín en el pelo.

—Yo no veo a nadie con púas de puercoespín en el pelo.

—No. Es que no las lleva.

Siempre describían las cosas como deberían ser, no como eran.

El Festival de las Calaveras

 

Llegamos al punto fuerte, y así nos lo narra Nigel Barley en diversos párrafos de su libro, cuando llega al poblado donde se está celebrando el Festival de los Muertos:

A las afueras de la aldea estaban las calaveras de los muertos, hombres y mujeres por separado. Se habían sacrificado numerosas cabras, vacas y ovejas, y sus excrementos cubrían los cráneos. Los organizadores cortaron las cabezas de los pollos y rociaron a los difuntos con la sangre. Inmediatamente, los payasos comenzaron a pelearse por los cuerpos pisoteando el revoltijo de barro, sangre y excrementos. El calor era agobiante, el público numerosísimo. Los payasos se divertían tratando de salpicar a los asistentes con toda la sangre y suciedad posible. El olor resultaba repugnante y varios dowayos empezaron a vomitar, contribuyendo así al miasma.

(…)

Los payasos eran extravagantes: llevaban la mitad del rostro pintado de blanco y la otra mitad de negro, llevaban encima trapos viejos y proferían agudos gritos en fulani y en dowayo, obscenidades y tonterías. «¡El coño de la cerveza!», exclamaban. Los asistentes se reían complacidos. Acto seguido, exhibían sus partes; por un mecanismo que desconozco, se echaban unos pedos ensordecedores; y trataban de copular unos con otros.

(…)

Un festival dowayo de las calaveras es un poco como un circo ruso: ocurren cuatro cosas distintas a la vez. Tras una última sesión de lanzamiento de excrementos, los payasos comenzaron a limpiar las calaveras. Entre tanto, los maridos habían traído a las muchachas originarias de la aldea, que se habían disfrazado de guerreros fulani y bailaban sobre una loma agitando lanzas al son de las flautas «parlantes», llamadas así porque imitan los tonos de la lengua. Este es otro aspecto del idioma dowayo que no llegué a dominar nunca. Las flautas las invitaban a exhibir las riquezas de sus maridos, que las acosaban despiadadamente para que se esmeraran en la representación y las adornaban con gafas de sol, relojes prestados, radios y otros artículos de consumo, además de las túnicas. Algunos hombres se ponían dinero en el cabello.

(…)

En otra parte de la aldea estaban las viudas de los hombres en cuyo honor se celebraba la fiesta. Iban ataviadas con largas faldas de hojas y sombreros cónicos del mismo material y bailaban en largas hileras como si de coristas se tratara.

(…)

En la distancia apareció otro grupo transportando un extraño atado y agitando cuchillos. Luego me enteré de que eran los circuncisos, que llevaban el arco del hombre en cuyo honor se celebraba el festival y cantaban canciones de circuncisión. De repente un grupo de chicos empezó a gritarles. Yo pensaba que estaba presenciando un genuino altercado espontáneo, pero por el entusiasmo de los espectadores deduje que se trataba de un elemento fijo. «Los no circuncisos —me explicó un vecino solícito—. Siempre igual.» No pude resistir la tentación de preguntarle por qué. Se me quedó mirando como si acabara de decir una gran idiotez. «Nos lo dijeron nuestros antepasados», declaró, y se marchó.

(…)

Algo estaba ocurriendo junto a las calaveras (…). Estaban envolviendo los cráneos de los hombres, por la razón que inevitablemente acompañaba toda actividad colectiva entre los dowayos, con lo que hasta yo identifiqué como las vestiduras de un candidato a la circuncisión. Los cráneos de las mujeres fueron lanzados ignominiosamente a un lado Y olvidados. Tras ahuyentar a mujeres y niños, los que se quedaron empezaron a zarandear y golpear las calaveras Y a tocar las flautas que había visto en el techo de mi choza. «Amenazan a los muertos con la circuncisión», explicó enigmáticamente (…). Un hombre se las puso sobre la cabeza y empezó a sonar una extraña y reiterativa melodía a base de gongs, tambores y flautas graves desacompasadas. A continuación fueron sacando del atado largas tiras de tela de mortaja que sostenían unos hombres oscilantes, de modo que se formó una especie de enorme araña. Mientras tanto, otros se ciñeron los ensangrentados pellejos de las reses sacrificadas para la ocasión con la cabeza apoyada en la de ellos y, mordiendo un jirón de carne, empezaron a girar en torno a las calaveras pateando, inclinándose hacia adelante y oscilando a un lado y otro. El hedor, el ruido y el movimiento lo dominaban todo. A la entrada de la aldea bailaban las viudas llamando a los muertos, que se movían lentamente alrededor del árbol central antes de ser colocados, junto a las cabezas de las reses sacrificadas, sobre un portalón. Entonces saltó un hombre junto a ellos, el organizador, Y gritó: «Gracias a mi fueron circuncidados estos hombres. De no ser por el hombre blanco, hubiera matado a un hombre.»

Subsiguientes indagaciones me revelaron que en otros tiempos se sacrificaba un hombre y su cráneo se hacia añicos golpeándolo con una piedra, pero el gobierno central —francés, alemán y camerunés— había puesto fin a esta práctica.”

(…)

“La celebración degeneró en un jolgorio, amenizado con cerveza y bailes en abundancia.”

Aun tuvo ocasión Barley, durante su estancia en el “País de los Dowayos” de presenciar otro Festival de las Calaveras, en esta ocasión, pudo fijarse en más detalles:

“(…) nos enteramos de que se iba a celebrar otra fiesta de las calaveras en las proximidades, quizá al día siguiente, quizá al otro.

(…)

Yo habla dicho que quería ver el «lanzamiento sobre las calaveras», pues pensaba que era así como se llamaba toda la ceremonia. Y así era, pero por desgracia técnicamente sólo hacía referencia a la parte en que se lanzan excrementos y sangre a los cráneos, por lo tanto eso era lo que me indicaban. Entre tanto, otras personas que yo no sabía que tuvieran ninguna participación en el acto ejecutaban todo tipo de acciones provocativas. Los hombres, por ejemplo, realizaban una danza narcisista con espejos. Los hermanos de circuncisión debían subirse a los tejados de las chozas de los muertos y frotarse los anos contra los bordes. Las mujeres, por su parte, llevaban a cabo una serie de extraños actos con penes de ñame que me dejaron desconcertado hasta que me di cuenta de que eran una mera adaptación de lo que hacen los chicos después de ser circuncidados. Es decir, que después de despedirse definitivamente de su difunto esposo las viudas son tratadas como si acabaran de ser circuncidadas. El rasgo común consiste en que por fin se reincorporan a la vida normal tras un período de exclusión. Los esposos, que son los sometidos a la ceremonia de las calaveras, reciben el mismo tratamiento que si acabaran de circuncidarlos. En este caso el rasgo común es que tras esto pueden ser colocados en la casa de las calaveras, donde el propio ritual de la circuncisión alcanza el clímax final.”

(…)

Existe una gran variedad de cosas relacionadas con los «secretos de los hombres» que no han de nombrarse delante de las mujeres: ceremonias, canciones y objetos. En la práctica, generalmente resultaba que las mujeres conocían muchos detalles de lo que ocurría pero no se habían hecho una idea completa. Si bien sabían que el pene tenía un papel en la circuncisión, ignoraban que el ritual a que se someten los chicos durante esta operación es virtualmente idéntico al que viven las viudas en los festivales que se celebran unos años después de la muerte de los hombres ricos. Así pues, seguramente desconocían que todo el festival de las calaveras tenía como modelo el ritual de la circuncisión. Según descubrí más tarde, sólo estaba al alcance de los hombres conocer la totalidad del sistema cultural.